Tobari: como en un flujo inagotable. Ese es el título de la nueva obra maestra de Ushio Amagatsu, máximo creador contemporáneo del arte butoh.

tobari
Pablo Espinosa

Durante las noches de jueves y viernes en Bellas Artes con esa obra detuvo el tiempo y también contuvo el flujo del otro vector determinante: el espacio.

Una vez quebrados los parámetros espacio-temporales, Ushio Amagatsu en escena y en coro con siete bailarines, todos desnudos, ataviados solamente con taparrabos o gasas o tules o túnicas y polvo blanco y sin pelo alguno sobre el cuerpo, estaquearon en sus asientos durante 90 minutos al público aterido, aterrado, atenazado por las manazas dulces y sonrientes de la danza poética dictada por el mago Amagatsu.

A diferencia de sus anteriores trabajos, mostrados en el transcurso de las dos décadas pasadas también en Bellas Artes, en el Festival Cervantino y en San Luis Potosí, Ushio Amagatsu vira ahora hacia territorios del cosmos menos aterradores.

Los rostros de éxtasis de sus bailarines, los gestos sinópticos de sus cuerpos y el tratamiento filosófico de sus reflexiones en danza, conducen por un viaje en espiral y luego redondo: el ciclo de las rencarnaciones.

Asistimos entonces al momento en que una persona nace, así como también presenciamos el momento en que esa persona abandona el cuerpo.

Abiertos están portales dimensionales en el escenario, también desnudo, apenas poblado por ocho hombrecitos gigantescos, ocho titanes diminutos bajo un inmóvil torrente de estrellas clavadas sobre el ciclorama vertical.

El coro de cuerpos tiene un concertino: Semimaru, ese bailarín que asemeja un ser de otro planeta, de otra dimensión y que cofundó con Amagatsu el grupo Sankai Juku hace 38 años y desde entonces han dictado la agenda del cuerpo en escena.

El coro de cuerpos en escena: cuerpos desnudos semidesnudos semivestidos semióticos seminales.

Cabezas rapadas, cuencos blancos que tunden el piso cuando estando vertical el cuerpo en un instante se desploma con un sonido de huesos quebrantados pero recios, con una música de músculos cimbrados al chocar contra el suelo, en un movimiento infinitesimal que nadie ve pero que todos observamos.

Porque parece que no es real.

Ha transcurrido un minuto apenas y ya el tiempo no existe, tampoco el espacio y estamos a merced de la vacuidad.

Porque la vacuidad es forma y la forma vacuidad.

Porque no existe el tiempo ni el espacio ni el sufrimiento ni el cese del sufrimiento ni la causa del sufrimiento. Todo es vacuidad.

La danza butoh no está conformada por pasos de baile pero sí por mudras, mantras, mandalas y magia.

La concentración zen, el éxtasis nirvánico de los cuerpos, convierte Tobari en una profunda meditación colectiva de 90 minutos en respiración consciente.

La poesía de los cuerpos en escena: cuerpos-insectos, cuerpos-moluscos, cuerpos-arena de clepsidra, cuerpos-flujo, cuerpos-quietud, cuerpos que al abandonar el cuerpo rompen la crisálida, le salen alas en la espalda y vuelan libres.

Cuerpos en el instante mismo del nacimiento de la poesía.

Cuerpos triturados, cuerpos demolidos, cuerpos exultantes, cuerpos que flotan, cuerpos que vuelan, cuerpos que ascienden y caen.

Vemos, boquiabiertos: un cuerpo convertido en botón de flor que abre sus pétalos a una velocidad como de cámara rápida de documental de National Geographic, pero que en realidad es cámara lenta de documental de la historia universal del alma.

El maestro Amagatsu puso en el piso de la escena un óvalo oscuro que se vuelve blanco que se vuelve ónix que se vuelve espejo de obsidiana que refleja las constelaciones y a ese lago preñado del reflejo de las estrellas acuden cuatro bailarines ermitaños a perseguir los astros de manera semejante a como hace miles de años el poeta chino Li Po persiguió ebrio a la Luna reflejada sobre el estanque y trascendió ahogado.

Estruendoso silencio

En escena, los cuerpos más allá de las edades, los músculos labrados a golpe de milenio, la ausencia de gramos de grasa, la permanencia del flujo de la vida y de repente Amagatsu semidesnudo estira los brazos arriba y sus falanges se abren y cierran como el titilar de una estrella que nace. O que muere, que es lo mismo. Y su cuerpo que respira es ahora un pez de 90 millones de años, fosilizado y lleno de vida pulsante.

Eso, el pulsar del sonido interior del mantra, la música del cuerpo que es la música de lo divino, el silencio sagrado, la danza de las constelaciones en medio del estruendo majestuoso del silencio.

Ven a una nada sin límite, tituló Amagatsu a la primera de siete secuencias que componen Tobari.

Una sombra en un sueño, nombró a la segunda. Se reflejan los unos en los otros, tituló la tercera. Ensueño del porvenir vertical, el nombre de la cuarta. Noche azul, el de la quinta. En un incesante flujo, la sexta. Hacia una nada sin límite, la última.

Budas yacientes, estatuas gimientes pero mudas, Eros y Thánatos danzando lentos, serenos, unidos en el ciclo de las rencarnaciones, apuntan el índice al cielo y trazan una curva que desciende al suelo, el viaje del Nirvana al Hades, del Sol a los confines, de la nada hacia la nada y permanece en la nada.

Porque la vacuidad es forma y la forma vacuidad.

Del inicio con sonidos de cuencos tibetanos que curan al final del viaje hacia lo divino, Ushio Amagatsu y sus siete arcángeles semidesnudos terminaron el canto solemne de mantras y mudras y mandalas en silencio.

En el estallido brutal del silencio.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/07/28/opinion/a03n1cul

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
Suscribite para recibir nuevos artículos

 

Loading