Gilberto Antolínez, investigador de nuestras culturas autóctonas, y él mismo descendiente indio del oriente de Venezuela, asistía al Centro de Estudios del Ven. Hermano Mayor J. M. E. que dirigía en Caracas los domingos luego de la Ceremonia Cósmica (desde antes de la llegada del M. S. Maestre hasta su partida de Venezuela al recibir el 4o. Grado Iniciático el 1o. de mayo de 1952.)  Antolínez participaba en dicho Centro aportando comentarios sobre las Tradiciones autóctonas junto con el Negro Mateo, también autóctono de los valles de Aragua.  A ambos los conocí desde mi encuentro con el Ven. Hermano Mayor (22.10.1950.)  Fue mi primer encuentro directo con voceros de nuestras culturas amerikuanas.  Antolínez también escribía artículos para la prensa, y fue el autor de varios artículos sobre el Maestre.  He comentado que fueron mis “tres reyes magos…”  en ese ambiente tan místico de los inicios de la Era Acuariana, donde se sentía la presencia del MS Maestre, por entonces en peregrinaje por el Pacífico y el Asia.  Cuando nos hacíamos tantas ilusiones y esperanzas sobre el futuro de la Humanidad, y el Ven. Hermano Mayor nos alimentaba espiritualmente con sus enseñanzas y la lectura de la correspondencia que le llegaba del Maestre y de sus primeros dos Mensajes, los únicos que habían editado en esa época.

 

Gilberto Antolínez

gilberto-antolinezNació en Cocorotico (Municipio San Felipe), El 23 de agosto de 1908.

Antolinez fue pionero en los estudios sobre cultura aborigen, sus trabajos sobre arqueología, folclore, etnología, religión y mitología, tanto de Venezuela como de Sudamérica demuestran su gran dominio de la materia.

Fue militar por largo tiempo, ejerció el periodismo, la critica y la crónica; además fue pintor, dibujante, poeta, ilustrador y grabador.

Antolinez publicó un solo titulo ‘’Hacia el indio y su mundo’’ (1996), texto de referencia de varias universidades Venezolanas y del exterior.
La fundación Casa de las Letras, que lleva el nombre de este insigne yaracuyano, conjuntamente con el Centro Experimental de Talleres Artísticos (CETA) ha publicado los títulos ‘’Retratos y Figuras’’, ‘’Los Ciclos de los dioses’’ y ‘’El Agujero de la Serpiente’’, compilación de trabajos dispersos e inéditos, bajo la responsabilidad de Orlando Barreto.

Gilberto Antolinez muere en Caracas el 05 de mayo de 1998

Fuente: http://www.yaracuy.net/biografias/gilberto-antolinez/#ixzz2M8xei200

http://www.facebook.com/GilbertoAntolinez

Gilberto Antolínez marcó el rumbo del estudio indigenista en América

El 23 de agosto de 1908 nació Félix Gilberto Antolínez Ayestarán, en la antigua hacienda Cumanivare de San Felipe.

Quién diría que aquel muchacho diestro en las faenas del campo con el correr del tiempo se haría reconocer a través del universo de la literatura como el precursor del estudio de las etnias americanas.

Se cumplen cien años del nacimiento de este ilustre paisano, meritorio no sólo por haber puesto en alto el nombre de Yaracuy a nivel internacional producto de sus estudios e investigaciones indigenistas, sino también por su aporte al acervo literario nacional que aún hoy en día actualiza los conocimientos sobre interesantes temas que reflejó en sus obras “Hacia el indio y su mundo”, “Retratos y figuras”, “El agujero de la serpiente” y “La Diosa y la danta”, tan sólo por nombrar parte del invaluable tributo a las letras sudamericanas. Un hombre cuyo valor más sobresaliente fue el de servir a su lar nativo con la misma pasión con que amó a su eterno amor Pálmenes Yarza, poeta también de fina pluma hija del Picacho de Nirgua, con quien contraería matrimonio sentimental y profesional, pues ambos eran amantes del estudio indígena nacional.

De Pálmenes escribió: “Sus ojos son castaños y pequeños, pero cambian de viso como la labradorita o las alas crepusculares de la mariposa Morpho. Ora relampaguean y cabrilean, son juguetones delfines oceánicos. Ora son picarescos y garduños. Ora si aman, húmedos tersos, vívidos, implorantes, aguamiel ocelada de trapiche.”

De las armas a la artillería de la historia

Antes de su paso por las añosas hojas del tiempo, obtuvo su primer logro estudiantil en la Escuela Federal “Padre Delgado” -sólo hasta el 3er grado- para luego graduarse de bachiller en el Colegio de Montesinos con el apoyo de Trinidad Figueira y Federico Quiroz, hasta espigarse en sus casi 1.90 metros de estatura como subteniente de artillería de la Escuela Militar, en 1930. Sin embargo no fue esa en verdad su pasión, pues bien pronto, a su paso por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación Nacional en su condición de Comisionado de Investigaciones Indigenistas fue cuando verdaderamente alcanzó interesarse en el estudio de las etnias americanas, incluso logrando la fundación del movimiento indigenista venezolano junto a Julio Febres Cordero y Tulio López Ramírez, en acciones que finalmente lo llevaría a formar parte del grupo de arqueólogos que realizarían las primeras excavaciones estratigráficas en el oriente del país, junto al equipo que enviara la Universidad de Harvard. De ahí sus pasos siempre se enrumbarían hacia el estudio de las sociedades indígenas americanas con el valioso aporte literario de sus obras ejerciendo el periodismo, la crítica y la crónica, experiencias que conjugaría con su buena fama de pintor, dibujante, poeta, ilustrador y grabador.

Su leyenda dio origen al culto y veneración de la Reina María Lionza

De la extensa obra de Antolínez es justo reconocer que fue el precursor del estudio e historia de María Lionza, a través de la versión más antigua del mito en la revista Guarura, hacia el año de 1939. La transcripción de Antolínez cuenta en su primer párrafo que “Los indios Jirajara-Nívar, en una fiesta de fin de cosecha, recibieron de su gran Piache un doloroso presagio. Decía el mismo que “viniendo los tiempos nacería una doncella, hija de cacique, con los ojos de tan extraño color que, que de mirarse en las aguas de la laguna, jamás podría distinguirse las pupilas”. Tan pronto como esta mujer de ojos de agua se viese espejada en alguna parte, por el doble hueco vacío de las niñas de la imagen, iría saliendo una serpiente monstruosa, genio de las aguas, la cual causaría la ruina perpetua y extinción de los Nívar. Grande fue la aflicción de aquella altiva tribu. Pero pasó el tiempo, y todos los caciques, cada vez que nacía una niña, pasaban temores sin cuento hasta que se les anunciaba que, como siempre, la recién nacida tenía los ojos negros”. Al parecer esta es la leyenda que da origen al culto a María Lionza en Venezuela.

Incluso su obra literaria traspasó los límites del tiempo tal como se constató en fecha reciente cuando la Sala Coordinación de Teatro en San Felipe, bajo la dirección de Lusvio Ramírez, presentó la Obra Eemarü, estelarizada por Elsy Loyo, la cual versa precisamente sobre el mito de la india de ojos de agua.

Ya se notaba el afán del escritor por enrumbar sus letras hacia el recóndito universo de la leyenda, que luego con el devenir de los años sería devorado por el mito, en una ambientación que dista mucho del cansancio sino más bien del acoso visual hacia el influjo de una lectura amena en cada una de sus hojas, donde casi en prosa lírica refleja la azarosa existencia de la mujer indígena que habría de convertirse en mito.

En la autopista del Este en Caracas, se yergue todopoderosa la escultura incomparable del escultor venezolano Alejandro Colina, quien fuera asesorado por el escritor Gilberto Antolínez para realizar la figura hecha en piedra con la fuerza impresionante y el calor férvido del mito universal, que muestra a la Reina a lomo de su danta. María Lionza es un símbolo de la raza, la clara característica del mestizaje hispano-indígena y africano.

Casi podríamos decir que Antolínez bordó con plumas de guacamaya los adornos del indígena americano; lloró con las angustias del hambre ajena, brindó con los chamanes el elíxir de las cosechas; pintó los atardeceres sobre el rumor de los ríos, y no sería extraño concebir también que dibujó los lunares del jaguar, ese animal “dotado de altos poderes” relacionados con las creencias del ciclo andino-forestal-amazónico, asociado también a la luna, las estrellas, el sol, el rayo y las lluvias.

Su obra literaria

Aunque sabemos que Antolínez publicó un solo libro: “Hacia el Indio y su Mundo” en 1946, cuyo texto ha sido material de obligatoria referencia en varias universidades venezolanas y del exterior, la Fundación Casa de las Letras que lleva su nombre conjuntamente con el Centro Experimental de Talleres Artísticos (CETA) publicaron valiosas obras en los títulos “Retratos y Figuras”, “Los Ciclos de los Dioses” y “El Agujero de la Serpiente”, a través de la compilación de trabajos dispersos e inéditos, cuya responsabilidad recayó en las manos de Orlando Barreto. Por otra parte, el Centro de Historia de Yaracuy, a cargo de Adriana Cardozo, guarda con celo algunos datos biográficos de Antolínez, aunque no con la profusión deseada, sobre todo en aspectos gráficos, hecho que en nada desmerita la excelente labor desplegada por el personal que labora en esa importante institución que alienta la memoria de los hechos y acciones de carácter histórico de mayor relevancia para el uso, disfrute, estudio y conocimiento de sus múltiples usuarios.

Diplomado para la formación de cronistas “Gilberto Antolínez”

En fecha reciente se unió al rescate de este valor regional la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY), en ofrecimiento del poeta trujillano Antonio Trujillo, cronista de San Antonio de los Altos, quien supo vender la idea a través del convenio de cooperación académica suscrito entre el doctor Freddy Castillo Castellanos, rector de la UNEY, y Luis Alberto Crespo, presidente de la Casa de las Letras Andrés Bello, para formular la propuesta en la concepción del diplomado -único en el país- para la formación de cronistas teniendo como epónimo a Gilberto Antolínez, en homenaje al centenario de su nacimiento, valorando de este modo su condición de cronista e investigador de las culturas aborígenes de Venezuela y de Latinoamérica.

En este sentido, Freddy Castillo Castellanos describió a Gilberto Antolínez como “uno de los yaracuyanos más universales, responsable de abrir el camino para la cultura indígena y el estudio de María Lionza como mito, por lo que la universidad venezolana está en deuda con él. A Antolínez, dijo, no basta con citarlo, hay que valorarlo y estudiarlo, darle cabida a los conocimientos que manejó, que no se gestan en los cubículos universitarios”. Por su parte Luis Alberto Crespo, destacó la importancia del papel de los cronistas como conciencias de las regiones para preservar la memoria de las comunidades, mientras que Antonio Trujillo manifestó su complacencia porque su oficio tendrá mayores espacios y mejores herramientas en las regiones. Anselmo Castillo, presidente de la Asociación de Cronistas Oficiales de Venezuela, aseguró que “los cronistas son los defensores del patrimonio cultural y natural del país, por lo que tienen la responsabilidad de buscar la verdad y registrarla, ya que de lo contrario nos condenarán nuestras generaciones”. De modo que se honra el nombre de uno de los yaracuyanos más insignes del siglo XX, al tiempo de abrir caminos hacia el rescate de los valores culturales de las comunidades venezolanas.

Su obra navega en el mar del olvido

¿Qué o cuál influencia impulsaba a Gilberto Antolínez a escribir con tanta pasión sobre nuestros abuelos indígenas? Las letras de Antolínez son historias que se pueden contar como si fueran cuentos, y aquí obliga la palabra de un buen amigo, amante también de las letras y aplicado estudioso de la obra de Antolínez, en prólogo que redactara abriendo las páginas del libro “El agujero de la serpiente”, del mismo autor, donde describe que “la obra de Antolínez entraña una gran vigencia en el terreno de las investigaciones de la culturas aborígenes”. Expresa Barreto que aunque muchas culturas sostienen una visión del indígena en aspectos exógenos, “sin trascender meramente lo objetual” la obra de Antolínez se encuentra absorbida “por una pasión lúcida” que rechaza toda actitud prepotente y objetual, precisamente lo que otorga al autor “un carácter de perdurabilidad que lo salva de cierta efímera actualidad que va de una literatura anecdotista hasta aquella ciencia antropológica que muchas veces no pasa más allá de las demarcaciones del manual y de la estrechez académica”.

Agregó un aspecto inocultable por su condición de realismo pertinente, y es que muchos coterráneos desconocen el inmenso valor de este autor yaracuyano y el aporte que le dio, no sólo a las letras de la región, sino a Venezuela y al continente americano, aunque hay un hecho inocultable que llama poderosamente la atención, y es que aún a esta fecha mucho de su material bibliográfico se encuentra en el olvido, “asombrosamente obviados, ignorados, menospreciados o deliberadamente puestos a un lado”, despreciando el invalorable aporte a las letras americanas de este gran autor yaracuyano, por lo que desde las páginas de El Diario de Yaracuy hacemos un llamado a la reflexión, hacia el rescate y profundización del estudio de sus obras, sobre todo por la gratificación que nos ofrece el conocimiento de los personajes de mayor relevancia en el Yaracuy del siglo pasado y principios del antepasado regional tal como lo ilustra en su libro “Retratos y Figuras” (1997) en el cual describe en prosas del alma, la vida de aquilatados personajes del San Felipe que ya no será: Leonor Bernabó, Federico Quiroz, Ramón Urbano, Elisio Jiménez Sierra, Pálmenes Yarza y Manuel Rodríguez Cárdenas, todos coterráneos de su generación, sin menospreciar el hecho cierto de la gran cantidad de vecinos, escritores, autores, artistas, profesionales, en fin, mujeres y hombres cuyo valioso aporte reconocemos por la inestimable contribución enriquecedora de nuestro patrimonio cultural.

Hacia el rescate del acervo cultural yaracuyano

So pena de pecar de insolentes, casi se podría asegurar que muchos desconocen la vida y obra de estos paisanos de nacimiento y corazón, y es aquí donde entra la figura de alguna entidad que ofrezca sus servicios que permitan la reedición de las obras de nuestro coterráneo, o por lo menos reactivar la “Casa de las Letras Gilberto Antolínez”, que en alguna ocasión auspiciara la Secretaría de Cultura de la Gobernación del estado Yaracuy, como un medio para apoyar en sumo grado la labor tesonera de Orlando Barreto, Freddy Castillo Castellanos, William Ojeda García, José Luis Ochoa, Lázaro Álvarez, Domingo Aponte Barrios, Jorge Melo, Horacio Elorza y tantos vecinos empeñados en hacer justicia al auténtico sentido de la yaracuyanidad, a cuyo cordón umbilical me encuentro unido invariablemente para apuntalar el desarrollo de las raíces de nuestra cultura regional. En el libro “El agujero de la serpiente”, con su palpitante, oficiosa y erudita narración prosística resume, podría decirse, el choque de las evoluciones indígenas con acentos de racionalidad ante el irreconciliable conocimiento de su mundo. Orlando Barreto y su equipo en el CETA hicieron un excelente trabajo al recopilar tan importante tributo al estudio de las etnias americanas, que Antolínez dibujó con admirable sencillez revelando las tradiciones, costumbres, oscurantismo, mitos y leyendas de ese mundo inolvidable destinado a desaparecer, rescatados para el amante de las letras en esas páginas de grata lectura.

Mensaje a los maestros de escuela

En 1946 escribió Gilberto Landínez: “La leyenda es un símbolo de la fusión de lenguas, de sangres, de culturas sobre nuestro anchuroso suelo. Y tiene una dimensión pedagógica que no debe ser desperdiciada. Siempre sueño que nuestra leyenda caiga en manos de los maestros de escuela.”

Sabia reflexión la del maestro, y si alguna vez nos topamos en la fascinación de la lectura de hechos cosmogónicos, sobre todo por las explicaciones que los hombres se han inventado respecto al origen de las cosas del mundo, en este particular es importante destacar que Yaracuy y Venezuela tienen un manto de leyendas inocultables que deberían ser sacadas del ostracismo con el afán de mantenerlas tan vivas como pervive el mito férvido de María Lionza, comprometidos como deberíamos estar con la misión de apoyar el desarrollo de los pueblos y la sostenibilidad de sus valores culturales. La reflexión nos involucra a todos. Aún es tiempo.

Dramaturgia indígena: EL CHIVO SAGRADO DE LAS DANZAS ANDINAS (Gilberto Antolínez)

En otra ocasiones he hablado acerca del desarrollo que el teatro alcanzo entre los indios Muku y Jirajara de los Andes de Venezuela. Entonces recalcaba el hecho de que el teatro fue un medio de acción social utilizado por los sacerdotes de la cuasi teocracia andina, con el fin de fortalecer en los adultos la ligazón mística a la tierra de labor y de crear en los niños y adolecentes ese mismo sentimiento y el de identificar con los ideales ancestrales de los antepasados de las tribus.

Medio docente de gran significación fue el teatro, que desbordó simple la intensión religiosa y política de cohesión alrededor del agro entendido como «lugares de cansancio para el dios», «fortaleza del dios», «campo de faena para el dios». La deidad agrícola daba el ejemplo de consagración a la tierra, y la danza ceremonial, base de teatro andino, recordaba el deber de cada indígena de sostener los esfuerzos del ser suprahumano fecundador de las mieses y multiplicador de las especies animales y de la raza humana. Mas el teatro Maku y jirajara, introdujo además el recuento heroico, el canto lírico, el sainete cómico y la gran unidad de histrión y coro en que culminó la representación ya puramente trágica. Las motivaciones de aquel teatro fueron principalmente: a) el impulso de conservación del grupo, magia de ritos, encantamientos y contrahechizos; b)el impulso de conservación de las élites: sacerdotes y guerreros, en del canto de gesta, y en la narración milagrosa; c) el impulso de salvación religiosa del grupo, en la representación dramática total de la vida, pasión, muerte y revivificación del dios agrícola que se creían residente en el bosque, la planta cultivada, el grano de cereales de la cosecha.

La danza andina ya rebasaba la etapa inicial amazónica de los pueblos recolectores, pescadores y cazadores, que dependían de los ciclos de la naturaleza y el régimen climático y entran de lleno en la expansión menos animal y más espiritualizada de las culturas agrícolas. Si el amazónico celebra con ayuno iníciales de purificación, abstención sensual y más tarde danzas, libaciones y orgías de la carne, el madura miento de los frutos del bosque, la sierra o la sabana, el desove de pece, aves y reptiles, y la multiplicación de los cuadrúpedos, el andino, a su turno, lo hace en acción de gracias por la última cosecha. Más no hay tradición alguna de que la ceremonia campestre de los Andes, culminara en bacanal priápica. El andino fue mucho más casto, puesto que su cultura estaba cimentada a base de fuertes represiones y de trabajo ímprobo y continuo, por la aridez y escarpamiento de la tierra, y la escasez de suelo con mantillo. La erosión ascendente de la Sierra, hizo al andino, hombre de métodos y economía de fuerzas y emociones. Todo impulso vital estaba subordinado a dos principios: el trabajo de la tierra y la preparación para la otra vida, entre los antepasados y los dioses, esto últimos también antepasados.

Fue creencia andina, muy corriente a la América indígena como entre los pueblos ingenuos de todo el mundo y el vulgo de las naciones civilizadas, aquella idea pagana de que el espíritu del dios de la vegetación está presente en el último grano recogido, en la última gavilla segada, en la harina del cereal triturado en el metate, el mortero o el molino. El proceso de crecimiento de la mies: trigo, centeno, cebada, arroz, maíz, frijoles, en dodo el mundo, era interpretado como nacimiento, crecimiento, decaimiento, agonía y muerte del dios de los sembrados –primitivamente dios de los bosque solitarios- que tienen lugar a cada año. Al rendir producto, el dios desfallece en igual medida de la riqueza de la fructescencia. La vida del dios pasa al hombre en la sustancia del grano tendido, triturado, vuelto harina de allí el símbolo universal de la divinidad del pan. “El hombre es un devorador del dios” y este último debe ser recompensado y devuelto a su energía de ante cosecha, en virtud del bien mismo, en el futuro del hombre. “Con un dios muerto no puede ver nueva cosecha”. El papel de las danzas de los Andes, consistía en mucho, en una forma mimética de la vida, pasión, muerte y revitalización del dios cereal, representado para retransmitirle nuevamente la fuerza vital que perdiera aquel en la producción agrícola.
(Leer el artículo completo en: http://letrasllaneras.blogspot.com/2012/10/dramaturgia-indigena-el-chivo-sagrado.html )

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