MOTIVOS PARA EL PENSAMIENTO VII

No hay muerte sino cambios de estado. La palabra “muerte” es supersticiosa, proviene de la ignorancia, no de la sabiduría. Ninguna ciencia ha investigado la muerte ni demostrado que exista, solo estudia la vida. En un cuerpo “muerto” la vida continúa en otra forma, por eso puede alimentar a otros seres. Hay gente que come “cadáveres”, argumentando que allí hay vida… Y muchos animales lo hacen también


Si por algún karma denso un alma encarnara en cuerpo animal, al principio protestará, pero luego se verá obligada por supervivencia a conformarse y adaptarse a su nueva especie. El alma al descender al cuerpo humano, también se resigna y toma su cruz del karma; si recibe cultura espiritual y trae madurez, se dedica a sembrar en vida las mejores semillas en pensamientos, sentimientos, palabras, actitudes y conducta, para así lograr la liberación del samsara, el mundo de ilusiones y fantasías, y merecer vivir en la Verdad, en la gran Realidad. Que es “tener ojos para mirar y oídos para escuchar” en este mismo mundo, esa Realidad suprema, al descorrer los velos de ilusiones, desilusiones e ignorancia.

La Verdad es un estado de conciencia, de la mente interna, no un objeto ni una persona ni se la puede encerrar en palabras ni ideologías. No se trata de la verdad particular de una ciencia, creencia, arte o filosofía, sino de la verdad universal, la que interesa a todos: el sentido de la vida, nuestra identidad real, el por qué de estar incrustados en las coordenadas del tiempo- espacio. Esa Verdad no es monopolizable, no puede ser propiedad privada de sectas o doctrinas. Es un derecho universal, inalienable, de todos los seres al lograr vivir despiertos, no adormecidos por hábitos y suposiciones. La logramos por auto realización, por visión directa personal, por un despertar interno, de las funciones superiores de la mente, generalmente adormecidas. No es transmisible, solo se pueden dar algunas palabras que inciten a esa búsqueda personal en sí mismo, no afuera. Nuestra evolución espiritual es un proceso personal, eso sí acompañados; el individuo aislado se extravía en sus razonamientos y suposiciones.

Pero “hay que morir para nacer de nuevo” en esta misma vida, no en el sentido del cuerpo físico, sino del espíritu. Porque la verdadera muerte se da en vida. San Pablo dice en I Corintios cap. 15: “… Cada día muero…” Ciertamente, “morir” es una función vital: en vida muere el egoísta y nace el generoso; en cambio, si el egoísta se fue a la tumba, egoísta se quedó… Un día muere la tristeza para dar paso a la alegría. Muere la noche para pasar al día, el invierno para entrar a la primavera. Cada día se nos muere algo para que nazca otro estado o situación. Todo ello en el entendido de que la muerte es un paso, un proceso de cambio. Como en el caso del gusano de seda, que al pasar a crisálida muere como gusano para renacer como mariposa. Sería incorrecto decir “vida y muerte” como opuestos, pues la vida no tiene opuesto; lo correcto es decir “nacimiento y muerte”, esos sí son los dos polos opuestos de una misma realidad; dos breves instantes en los infinitos instantes de la vida, que es eterna; no reconoce término.

Cuando en un día al año evocamos a los seres queridos que han partido de este mundo, estamos reconociendo que ellos siguen viviendo, en otra dimensión de la realidad terrestre en la mayoría de los casos. Y es que en lo profundo de nuestra conciencia sabemos que la vida es eterna, que hay otros planos y mundos donde vivir. No es posible que fuera del pequeño espacio de este granito de polvo que es la Tierra, no haya cabida para el alma humana. No tendría sentido vivir para luego esfumarse.

La “muerte” podemos considerarla un proceso biológico, como dormir, comer, pensar, crecer. En ese momento de transición el alma, el ser, el espíritu, la esencia o como se le llame, se retira de los órganos y sus funciones, del sistema nervioso, que se paralizan, para refugiarse por un tiempo en cierto punto del sistema óseo, algo no mencionado hasta ahora. Ese sistema no depende de respiración y circulación sanguínea, vibra en otro estado y sobrevive a los demás sistemas corporales; por eso en la muerte cumple esa inapreciable función. Los huesos, cristales en vida, son órganos, no solo tejido de sostén del cuerpo, así afirman los sabios mayas.


En fin, el “día de los difuntos” es un día de los vivos, quienes siguen existiendo en otra de las infinitas dimensiones de la vida universal. Un día más de su existencia perenne. En lo humano nos duele la pérdida física de seres queridos, pero nos sobreponemos ante lo inevitable, aceptando que siguen viviendo como almas. Y justo es orar por ellos en sentido positivo, enviándoles amor sin apego ni quejas y deseo de que sigan en su ascenso a esa otra realidad; en vez de tratar de retenerlos, lo cual les haría sufrir. El poder de la oración radica en la oración de poder, no de lamentación y sufrimiento, que sería señal de debilidad moral y espiritual.

El Alto INICIADO proclama el triunfo de la vida sobre la aparente muerte.
T.A-O D. Días Porta desde Mérida, Venezuela, mes Escorpio, Año LXX Acuarius (nov. 2017)

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